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Concurso “Leyendas de Bécquer”

Amores imposibles y trágicos, personajes marginales con ansias de libertad, naturaleza desgarradora, tétrica, oscura, reflejo del estado de ánimo del escritor… son características del movimiento literario con el que los alumnos de 4º ESO han empezado la literatura de este año: el Romanticismo.

Emulando a uno de los autores más conocidos de nuestra literatura, Gustavo Adolfo Bécquer en su faceta prosista, y coincidiendo con la festividad de Todos los Santos, que por presión de modas se va transformando cada vez más en la celebración de Halloween, nuestros aprendices de escritor se lanzaron al maravilloso mundo de la composición.

Han escrito una Leyenda Romántica que han relatado a sus compañeros de clase, por supuesto, metidos en ambiente: en penumbra, con un fondo de música acorde con la ocasión, y lenta, muy lentamente para que el frío de la noche y el aullido de los lobos les calara hasta los huesos.

Tres han sido las Leyendas ganadoras: en primer lugar, Ansia de libertad, de Inés Sáez Linuesa. En segundo lugar, A mi amada Teresa, de Carlos Ferrer Montagud y, en tercer lugar Leyenda, de Rafa Balaguer Ferrer. (Disculpad la calidad de las imágenes, pero para conseguir el ambiente adecuado estábamos en la más completa oscuridad)

Os las dejamos para que disfrutéis con ellas. ¡Enhorabuena a los premiados!:

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Primer premio: ANSIA DE LIBERTAD – Inés Sáez Linuesa

 “¡Felices 18 mi amor!”-dijo Jack mientras entraba a su habitación y se lanzaba sobre ella para darle mil besos-“¡Felicidades, Ángela!”. Ángela lo abrazó, lo besó y le sonrió tristemente. Jack se sorprendió al no verla alegre y decidió animarla con su primer regalo: su bizcocho de chocolate preferido, pero aún así Ángela no se emocionó y volvió a lanzarle la misma mirada triste.

Jack, que nunca se daba por vencido, le preguntó el motivo por el que estaba tan triste. Ella dijo que solo estaba pensando en su pasado: Ángela odiaba Alemania, aunque fuese su país, no estaba de acuerdo con lo que se les hacía a los judíos, así que se había unido al ejército inglés. Allí le encomendaron una misión, pero algo salió mal, el resultado de su equivocación fue la muerte de tres personas: un hombre, su mujer y su hija. Ángela no podía parar de pensar y torturarse con aquel hecho, y eso fue lo que la hizo huir del ejército y refugiarse en Londres, para empezar una nueva vida. Allí, había conocido a Lucy, su mejor amiga, con la que siempre podía contar, al pequeño Michael, el hermano pequeño de Lucy, un personajillo de lo más simpático, a Rose, una viejecita que la acogió como a su hija, y a Jack, un chico que también había huido de Alemania y la quería con locura. Cuatro personas increíbles que habían hecho que ser huérfana fuera mucho menos doloroso.

“Bueno…”suspiró Ángela-“Da igual. ¿Me has preparado algo?”-dijo con una sonrisa de oreja a oreja. “¿Cómo no iba a hacerte nada, boba?”-respondió Jack. Le dijo que se pusiera guapa, cuando estuvo lista, le vendó los ojos y se la llevó.

Cuando le quitó la venda, se oyó una vocecilla que decía: “¡Sorpresa!”¡Era Michael! Estaban allí los tres: Michael, Lucy y Rose. Jack la había llevado a una casa enorme con jardines. Le anunció que pasarían allí la noche y que más sorpresas vendrían después. Ángela estaba emocionada y muy alegre, daba gusto estar rodeada de aquellas cuatro personas tan importantes para ella.

Se comieron el bizcocho, le dieron sus regalos y llegó la noche. Llevaban todo el día jugando y ya no sabían que hacer, cuando de repente, a Jack se le ocurrió una idea: jugar al escondite, la casa era grande así que sería divertido. Le tocó pagar a Rose y todos se escondieron. Ella salió a buscarlos. De repente, se oyó un trueno y todas las luces se apagaron así que Rose encendió una lámpara. Gritó los nombres de todos y les pidió que acudieran al salón, con esa oscuridad sería imposible jugar.

Volvieron todos de uno en uno, excepto Michael. Al cabo de un rato, aún no había aparecido, ni tampoco la luz. Estaban todos preocupados por no ver al pequeño y decidieron buscarlo; seguramente estaba tan ilusionado con ganar que no había acudido por eso. Para encontrarlo más rápido, se separaron.

Gritaban su nombre, pero Michael no contestaba. De repente, se oyó un chillido y un golpe seco. Después a Jack gritando: “¡No, Michael! ¡No!”-desde la terraza. Rose iluminó para ver qué había pasado mientras Jack bajaba corriendo las escaleras. En el suelo del jardín estaba Michael. Lucy lanzó un grito lleno de dolor. El pequeño yacía bocabajo, le faltaban dos dedos de la mano izquierda. Estaba muerto.

“¡Mi hermano! ¡Mi hermano!”-Lucy no daba crédito. ¿Qué había pasado? ¿Se había escondido en el tejado? Ángela le miró los dedos, seguramente se había resbalado y al intentar agarrarse a una tubería se había cortado los dedos. Rose y Ángela intentaban consolar a Lucy. Jack, que ya había llegado, no hablaba, miraba hacía abajo en silencio. Cogió de la mano a Ángela mientras se repetía: “Si hubiera llegado antes a salvarlo, ahora no estaría así”.

Pese al trágico accidente, ninguno se fue de la casa, ya que llovía torrencialmente. Cada vez hacía más frío y cada vez estaban más tristes. Lo que había empezado como una fiesta feliz era ahora una tragedia. Jack bajó al sótano a por mantas y Lucy salió al jardín a por unos troncos.

“¡Au! ¡Ayuda! ¡Por Dios venid rápido!”-era Lucy, angustiada. Cuando Ángela y Jack llegaron, comprendieron sus gritos. Lucy estaba bocabajo en el suelo, muerta. Pero le faltaban tres dedos de la mano izquierda. Tenía el hacha clavada en el pecho. Su expresión era de miedo y estaba muy pálida.

Ángela estaba muy asustada y Jack la abrazó con fuerza. Los dos se quedaron allí un rato, bajo la lluvia, mudos. No sabían el rato que llevaban allí cuando pensaron en la anciana Rose. Sola dentro y ajena a lo ocurrido.

Entraron, y cuando llegaron a la cocina, Jack rápidamente cerró la puerta y no dejó a Ángela que pasara. Se quedó delante pidiéndole que retrocediera. Tanto insistió ella, que al final Jack accedió a abrirle. Allí estaba lo que Jack había visto y trataba de evitar que Ángela viera también: su querida Rose, como una madre para ella, estaba bocabajo en el suelo; le faltaban cuatro dedos de la mano izquierda y tenía un cuchillo de cocina clavado en el corazón.

Ángela se quedó mirándola fijamente, Jack la observó con tristeza. Esta vez fue Ángela quien acudió a abrazar a Jack. Era una pesadilla, una historia de horror. ¿Qué estaba pasando? ¿Quién había en la casa? ¿Quién sería el próximo? ¿Jack? ¿El chico por el que haría cualquier cosa? ¿O ella?

“Antes de abandonar la casa”-murmuró Ángela-“Me gustaría enterrar a Rose. Era como la madre que nunca tuve”. Jack no estaba de acuerdo, era mejor opción llamar a la policía, quería que ella sobreviviera y por supuesto, el también quería salir vivo de allí. Pero al verla tan triste, tuvo que acceder.

Jack salió a excavar la tumba, y Ángela se abrazó a Rose. Al poco, salió al jardín. Y allí contempló lo peor que le había pasado en su vida…

Jack, muerto. Estaba bocabajo con todos los dedos cortados. Por su pelo rubio caían gotitas de agua como lágrimas. Ella se acercó dispuesta a besarlo por última vez, ya nada le podía importar.

Se agachó y le retiró el pelo, Jack tenía los ojos cerrados y una expresión dulce. Afortunadamente, no tenía los dedos cortados, solo los puños cerrados. Pero qué más daba, él estaba muerto como los demás. Lo besó, le cubrió la espalda con su chaqueta y se incorporó para irse.

Pero cuando iba a caminar, algo le agarró el tobillo y la tiró al suelo. Se giró espantada y allí estaba Jack, de pie, con un cuchillo en la mano, una mueca en la cara con forma de sonrisa y con unos ojos verdes brillantes y abiertos enloquecidos.

Empezó a acercarse a ella lentamente, con su puñal alzado mientras le decía: “¡Tú! ¡Asesina! ¡Fuiste tú! ¡Nunca deberías haber nacido!”.

“¡No he sido yo! ¡Yo no he matado a Lucy, a Michael y a Rose!”-lloró ella. “¡Jajaja! ¡Qué me importan esos tres! ¿Te crees que no sé lo que hiciste?”-respondió Jack-“Tú mataste a lo único que me quedaba, en aquella guerra. ¿Recuerdas? Mataste a mi padre, a mi madre y a mi hermana y aquel día me mataste a mi también al dejarme solo y huérfano. ¿De verdad pensabas que te amaba? ¡Qué ingenua eres, niña!” Ángela lloró, cerró los ojos para no verlo y se tapó las orejas para no oírlo, mientras Jack seguía avanzando muy lentamente mientras le repetía estas palabras: “¡Tú, asesina! ¡Estás muerta!”

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Segundo premio: A MI AMADA TERESA – Carlos Ferrer Montagud

En una tranquila tarde de mayo, como todas las semanas, Claudia, con un ramo de rosas en sus manos, desciende la colina y a pesar no haber llegado aún, ya puede ver el cerco de piedra bajo las hayas. Ahí está, dentro de aquellas pequeñas paredes, una pequeña tumba blanca bajo un manzano. El cuidado césped junto a la sepultura distingue su entorno del resto de la hierba del bosque; a un lado de la cerca, dos altos lilos la protegen. Claudia, con cuidado, abre la puerta de la verja y deja las rosas junto a la lápida. Aspira el suave olor que desprenden los lilos en esa época de la primavera y, con una mirada perdida, recuerda la historia de su bisabuela.

Bausen, invierno de 1905

Era una oscura noche de enero. Todo el pueblo se encontraba bajo una gruesa capa de nieve y en las calles no se oía el más mínimo sonido. Los habitantes de Bausen, un pequeño pueblo del Valle de Arán, se encontraban refugiados en sus casas donde, con ayuda de mantas y chimeneas, intentaban combatir el fuerte frío del invierno. Apenas eran unas cinco o seis las familias que habitaban Bausen, pueblo perdido entre hayedos y al que se accedía por tortuosos caminos y senderos pirenaicos. El origen de esas familias era muy antiguo, y en una de esas casas se cobijaban dos jóvenes: Teresa y Joan, acurrucados uno junto a otro deseando que ese insoportable frío desapareciera. Joan era un joven carpintero de 24 años que trabajaba en el taller de su padre junto a sus dos hermanos. El obrador de Joan era bastante conocido en la zona, ya que debido a la gran calidad de sus productos, fabricaba muebles para todos los habitantes de Les y Bossost, dos pueblos cercanos a Bausen. Teresa era una alegre y bellísima joven de 22 años que trabajaba en una quesería local, aunque la mayoría de su tiempo lo pasaba junto su padre que había sufrido un grave accidente que le tenía con una parálisis casi completa.

Estos dos jóvenes se conocían desde su infancia, los dos se habían criado en Bausen y los dos acudido a la misma escuela. El amor que les atraía comenzó en el instante que se conocieron. Desde ese momento eran inseparables y habían permanecido el uno junto al otro.

Un año antes, tras el fallecimiento del padre Gregorio, un nuevo párroco había llegado a Bausen. Se llamaba Mosén Ricard y era hombre de pocas palabras que vestía siempre de oscuro; rostro alargado y mirada apagada y ojerosa; tras su llegada como nuevo párroco nada había cambiado y todo seguía, aparentemente, su ritmo de siempre.

Teresa y Joan continuaban profundamente enamorados, daban largos paseos bajo las hayas y disfrutaban agradablemente su amor y en  una de estas salidas, cuando el sol se encontraba en el ocaso, Joan se arrodilló y le pidió la mano Teresa. Ella, con los ojos llorosos pero con una voz decidida, contestó: “Si quiero”, así que pocos días después ambos acudieron a las sacristía para pedir a Mosén Ricard que cursara su petición de matrimonio y les indicara fecha para casarse en la Iglesia del pueblo. El párroco les pidió la documentación propia de estos casos para complementar su solicitud matrimonial, entrega de documentos que Joan hizo llegar al sacerdote algunos días después.

Unas dos semanas más tarde, Joan recibió por conducto del monaguillo un aviso de que Mosén Ricard quería hablar con los dos novios, y acudieron efectivamente a la sacristía con la alegre sensación de que el sacerdote les llamaba para comunicarles la fecha de la ceremonia. Con dolorosa sorpresa recibieron secamente la noticia de que el cura les llamaba para comunicarles la absoluta imposibilidad de contraer matrimonio por ser parientes lejanos: De nada sirvieron los ruegos y lágrimas de ambos y la explicación de que en un pueblo tan pequeño era frecuente el parentesco más o menos próximo de los que se casaban, manteniéndose la férrea negativa de Don Ricard a levantar la prohibición de casarlos, posición del sacerdote que no varió tras los sucesivos intentos, no solo de los contrayentes sino de todo el pueblo al punto de que en uno de los sermones dominicales llego a prohibir a todos los fieles que volvieran a mencionar el tema.

El amor entre Joan y Teresa, se fortaleció con las dificultades que no eran compartidas por nadie del pueblo y solo mantenidas por el Mosén a pesar de que ellos mismos una mañana habían acudido a la Iglesia y en soledad y sin presencia de nadie habían cruzado ante la imagen de Cristo su promesa matrimonial hasta que la muerte los separara, de manera que, sin escándalo alguno por parte de los convecinos, ellos continuaron viviendo juntos bajo el mismo techo como un matrimonio más. Tuvieron su primer hijo que fue tomado por los habitantes del pueblo como un niño cualquiera, pese a que el párroco se negó a bautizarlo y a realizar ninguna ceremonia por su venida al mundo.

Dos años después, Teresa se quedó de nuevo embarazada pero el niño estaba mal colocado en el seno de su madre y tras un largo y dificultoso parto, nada pudo hacer la comadrona para evitar que Teresa y el niño fallecieran.

Joan, roto de dolor, acudió a la parroquia para pedir que se le permitiera enterrar a su amada y al pequeño en el cementerio de Bausen, y se encontró una vez más con la helada actitud del sacerdote negando tal petición por considerar que ambos vivían en pecado y que como tales no podían acceder a suelo sagrado. Ante esta cruel respuesta y de acuerdo con los demás vecinos, decidieron enterrar los restos de Teresa y el niño en una sencilla sepultura en medio del bosque, donde Joan después pudo costear una blanca lápida con esta inscripción:

 Recuerdo

 A mi amada Teresa que falleció el 10 de Mayo de 1916 a la edad de 33 años.

Y sobre la parte baja de la lápida está grabada esta inscripción:

 “A nuestra querida madre”

 ***************

Nunca faltan flores en la tumba de Teresa, y muchas más el 10 de mayo de cada año donde se recuerda su muerte. Sin embargo los pastores y labradores que vuelven ese día al pueblo con sus rebaños y sus aperos y les coge la noche antes de llegar a sus casas aseguran muy serios, que al pasar junto a la tumba de Teresa oyen un conmovedor llanto de mujer que con voz entrecortada por la emoción llama a su amado para que la traslade a reposar junto a él en el cementerio de Bausen. Afirman los lugareños, que a esas voces se une otra masculina que asegurando ser la de Mosén Ricard ruega perdón a Teresa por la infamia que con ella cometió y que el Padre Eterno no le ha perdonado, penando en el infierno por su falta de humanidad y caridad.

Igualmente, una blanca luz fluorescente en la que se aprecia forma de mujer con túnica se acerca por los aires al cementerio del pueblo, grita el nombre de su amado Joan con voz de ultratumba y al pie de su sepultura clama su ayuda hasta que sale el sol: nadie en Bausen se atreve a salir a la calle durante esa escalofriante noche.

-FIN-

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Tercer premio: LEYENDA – Rafael Balaguer Ferrer

 Era una gélida noche en las calles de Londres, 1934.

Me encontraba en una calle oscura, situado debajo de una defectuosa farola que iluminaba mi rostro acobardado y me daba valor para sostenerme cuerdo en esa negruzca callejuela, pues no iba a mentir, estaba tan asustado que mis congeladas manos empezaban a temblar de una forma ya incontrolable. Esa noche, mis tres inseparables amigos y yo habíamos acordado acceder al tenebroso cementerio local para narrar la nueva obra del exitoso escritor romántico ya fallecido, Gustavo Adolfo Bécquer, nada más y nada menos que su libro de Leyendas que tanto pavor causaba a la multitud de las grandes áreas urbanas. La desmesurada y radiante luna tan solo empeoraba la situación, y ya hacía unos minutos que la luz de aquella farola me había abandonado en ese asustadizo estado. Me di cuenta de que mis piernas estaban dejando de obedecerme, y sentí un escalofrío helado que recorrió mi desnuda nuca. Mi deseo de abandonar aquella calle en la que las casas ruinosas transmitían un aire de culpabilidad iba aumentando por momentos. Entonces oí un susurro en el que mi nombre era el protagonista: “Tom”.

Acababan de llegar las tres personas que me acompañarían en esta terrorífica experiencia: Ben, Sarah y Charles, y pude comprobar que mi pálido rostro de terror no era una excepción entre los semblantes que portaban ellos en esa infame oscuridad, unos rostros que expresaban agonía, tristeza y melancolía,… y era la hora acordada. Por desgracia, la travesía hacia el cementerio no puedo decir que hubiese sido mejor que la espera, pero el acompañamiento del que gozaba en ese momento saciaba un tanto el aura de soledad que sentía, y cuando me quise dar cuenta, ya estábamos ante la imponente y estremecedora puerta de aquel lúgubre cementerio.

Ninguno de nosotros mostraba una actitud vacilante pero no podíamos ocultar nuestro rostro, pálido y apagado. Unos instantes después, comprendí que esa espera angustiosa no podía durar para siempre, y entonces fui yo quien se armó de valor para abrir la puerta. Todo estaba oscuro, la tierra estaba húmeda y putrefacta, y los pequeños arbustos que se podían ver estaban ennegrecidos y muertos en ese infértil terreno. Una densa niebla nos aguardaba en el cementerio como si de un animal protegiendo su nido se tratase. Las lápidas transmitían una expresión impactante de agonía, y a lo lejos se podía divisar una iglesia medio derruida que nunca finalizó su construcción. Basándonos en aquel tenebroso edificio, nos orientamos y logramos esquivar las tumbas con un antiguo pero eficaz candelabro que Ben había traído de su casa. Como por telepatía, todos nuestros ojos apuntaron a un mismo lugar, uno que sería perfecto para llevar a cabo la espeluznante lectura que nos esperaba. Todos nosotros nos sentamos en el tronco de un árbol seco, que había sido cortado quién sabe por qué razón.

Ben situó el frágil candelabro de forma que todos pudiéramos tener una ligera idea de lo que ocurría a nuestro alrededor. Charles tragó saliva e inició la lectura. Narraba las frases y párrafos de una forma que, dado el ambiente en el que nos encontrábamos, llegaba a nuestras mentes con claridad. Las expresiones y situaciones eran tan terroríficas, que más de una vez Charles tuvo que parar la lectura, y dejar que algunos de nosotros cogiésemos aire y regresáramos a la realidad.

Hacia la cuarta leyenda, oímos unas ramas secas del suelo romperse y generar una serie de naturales pero estremecedores crujidos. Continuamos la lectura, pero en aquel momento habíamos dejado de oír, y habíamos dedicado nuestro oído a escuchar y descubrir la razón de tales sonidos sospechosos, que poco a poco se percibían cada vez más cerca.

Se podía escuchar una desigual y suave respiración, a la par que se empezaban a escuchar unas pisadas inquietantes que nos paralizaron. Ben alcanzó el candelabro con sus temblorosas manos y apagó aquella luz que nos decía a gritos que no deberíamos haber venido a este lugar. Entonces, divisamos una extraña pero familiar silueta, y aunque todos hubiéramos preferido desviar nuestra vista para evitar la sorpresa de aquella figura, no podíamos permitirnos apartar nuestras incrédulas miradas hacia aquello, y menos cuando se mostró.

Era un tembloroso niño que desprendía una peculiar desconfianza y que alzó su tímida voz para indicarnos si podíamos ayudarlo a encontrar la salida. No recordaba nada de lo que le había sucedido para hallarse en ese apartado lugar. Nos miramos los unos a los otros e intentamos recordar la, en ese momento, fina línea que separa la realidad de la ficción. Nos autoconvencimos de que dejar a ese niño – John Tarot nos dijo que se llamaba – allí, no era una posible opción. En cierto modo, todos ocultábamos una extraña felicidad al tener ya una razón por la que abandonar aquel lugar sin llegar a admitir nuestras inmensas ganas de desaparecer de allí y continuar con nuestra vida.

Sarah cogió de la mano a John Tarot, y cuando nos dispusimos a volver a la entrada, nos dimos cuenta de que la densa niebla había cubierto nuestro trayecto de vuelta. Ya no teníamos otra alternativa que avanzar hasta el único edificio que se podía reconocer en ese amargado paisaje: la derruida iglesia. Nos adentramos en la masa de lápidas y tumbas que se iban alzando a medida que nos acercábamos mas a la iglesia. El camino hacia allí producía una sensación de pena y angustia, y el oxígeno se hacía pesado, de forma que casi era imposible respirar.

Por fin llegamos, y sabíamos que faltaban pocas horas para que el sol se mostrase y bañase de luz esa oscuridad de la que se había apoderado el cementerio. Entramos, y vimos que la única forma de avanzar en esa huida era subir a lo alto del edifico e intentar divisar nuestro camino de vuelta. Charles subió por unas débiles y frágiles escaleras, y unos segundos después, presa del pánico, las bajó de una forma tan atolondrada que un escalón se rompió provocándole una leve fractura en el pie. No sabíamos lo que sucedía, pero teníamos una cosa clara, si algo había hecho que Charles bajase tan imprudentemente las escaleras, lo mejor era alejarse de aquella estructura, que parecía a punto de caer desfallecida a nuestros pies. Charles nos explicó que, después de subir, había sentido como si la gravedad se multiplicase y su sentido de la orientación había desaparecido por completo. Nos describió una extraña figura que nos vociferó haber visto en aquel momento de pánico, y nosotros le creímos, ya que sabíamos que si las cosas eran serias, él nunca mentía, y que sabía diferenciar las situaciones serias de unas cómicas o sin importancia.

Decidimos que la mejor opción era profundizarnos en el laberíntico cementerio y, a ciegas, buscar la salida de regreso a casa. El cansado y perdido niño mantenía un rostro inexpresivo desde hacía ya tiempo. La niebla empezó a desvanecerse, y pudimos observar lo que parecía la salida. Nosotros, atónitos, corrimos hacia ella, ciegos ya del entorno que nos rodeaba, con nuestros ojos fijados en aquel sitio que transmitía un aire de libertad: la imponente puerta, y cuando nos dimos cuenta ya habíamos conseguido salir del cementerio. Pero faltaba alguien. Y ese alguien era John. Como un reflejo natural todos volvimos a entrar para encontrarlo, pero cuando vimos a Sarah petrificada por el miedo y nos dirigimos a ver lo que le había causado tal reacción, vimos que estaba observando una singular lápida con un nombre familiar: John Tarot.

Nos dirigimos a la policía y, cuando les narramos nuestra historia, los oficiales nos indicaron que ese niño con ese nombre, había perecido ya hacía 150 años en aquel amargado cementerio. Sin duda alguna, una noche que ninguno de nosotros nunca olvidará…

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